El paseo de Don Antonio
Por Adrián Herrera Arcila
Los pitidos de los coches despertaron a Don Antonio.
El reloj marcaba las cinco y media de la mañana, aunque en realidad eran ya las ocho y media. Don Antonio sabía que el reloj estaba atrasado tres horas, pero él lo prefería así, de esa manera se levantaba más inspirado para joderle el día a alguien.
Se incorporó de costado y escupió con asco en el recipiente metálico. Ese era su ritual de purificación diario.
“Pensar que podría ser la cara de alguien me tranquiliza”, solía decir.
Como todas las mañanas, se acercó a la cómoda. Eligió uno de los casetes, lo introdujo en el reproductor, y le dio al play. Empezó a sonar “Mirando Al Mar”, de Jorge Sepúlveda.
Don Antonio suspiraba. “Así tenía que estar yo, y desde una isla”, pensaba.
Mientras la música sonaba, él se dirigió a la cocina. Tomó un cuchillo y cortó un trozo del pan de barra en dos rebanadas. Después, las metió en la tostadora.
A Don Antonio no le gustaba el pan de molde. De hecho, hace unos meses había enviado una carta a Bimbo con una foto de un pan de barra. En el reverso se podía leer: “¿Saben lo que es?”.
Las tostadas estarían listas en dos minutos. Con tranquilidad, don Antonio cogió el cenicero de metal que estaba encima de la encimera. Elevó el brazo, y dejó caer el cenicero al suelo. Sabía que el ruido del metal contra la madera despertaría al perro de abajo, y por consiguiente a sus vecinos.
El cenicero dio un par de botes, y el perro empezó a ladrar. Don Antonio tomó el recogedor y esperó unos segundos a que el perro parase. “Hay que dejar que piensen que ya pueden estar tranquilos”, solía decir.
Cuando el perro se calló, recuperó el cenicero con el recogedor, y repitió el proceso. Don Antonio calculaba que, dependiendo del día que tuviese el perro, le daba tiempo a hacerlo unas cuatro veces antes de desayunar.
Después de comerse las tostadas, se dirigió al baño. Abajo ya se oía funcionar a los vecinos.
Se colocó en el lavabo, apartó el bote de gel de Magno y cogió su cepillo de dientes de madera. Don Antonio apreciaba ese cepillo. “¿Por qué me tengo que comprar tres cepillos para lavarme los dientes con uno? Yo no tengo la culpa de que se les pierdan a los gilipollas de sus hijos”, pensaba.
Terminó de lavarse los dientes y echó una meada. Como no estaba seguro de cuántas personas vivían abajo, y por si alguno había soportado al perro, dejó caer con fuerza la tapa del inodoro.
Volvió a la habitación a vestirse. Se puso una ropa casual y se roció un poco de Agua de Colonia. Después, cogió el bastón y la gabardina, y se dispuso a emprender su paseo matutino.
Don Antonio vivía en el tercero, en un edificio de seis pisos. Él vivía en una pequeña casa a unos metros de ese edificio, pero cuando llegó la gentrificación, le obligaron a moverse a ese piso o a irse del pueblo, el cual era ahora prácticamente una ciudad.
Entró en el ascensor y se econtró a la vecina del quinto, Doña Maite.
“Buenos días Don Antonio”, dijo ella juguetona.
“Seguro que no lo son para su marido”, respondió él.
Doña Maite aparecía como acepción para la palabra “promiscuo/a”. En el fondo, Don Antonio no la juzgaba. Su marido era como un cuadro moderno, feo y no se le podía entender. A Don Antonio no le gustaba verle, porque le suponía un esfuerzo elegir por qué lado ofenderle.
A pesar de la sutil hostia, Doña Maite mantenía la postura amigable. “Bueno, y a dónde se dirige usted hoy, Don Antonio?”, preguntó.
Don Antonio la analizó. “En cuanto salga por el portal, hacia el lado contrario de adonde usted vaya”, respondió, ahora sí terminando la conversación.
Y así fue, al mismo tiempo que Doña Maite salía hacia la izquierda, Don Antonio pensó que podría visitar un parque cercano que quedaba a la derecha.
Después de andar unos metros, escuchó una voz llamándole. Era Pedro, el hijo de los del primero.
“¡Don Antonio, Don Antonio!”, gritaba.
“Qué pasa chaval, ¿por fin te has enterado de que andas raro?”, dijo Don Antonio.
El chico pausó por un momento, pensativo. “No, Don Antonio, le quería enseñar algo, ¡mire!”, dijo.
El chico retiró el trapo de un bote de cristal. Dentro había un pequeño grillo rojo.
Don Antonio actuó impresionado. “Muy bien Pedro, se parece un poco a tu padre, ¿cómo le vas a llamar?”, le dijo.
El chico le sonrió. “Lleva sin parar de cantar desde que le he atrapado. ¡Le llamaré Ruidoso!”, dijo.
Don Antonio se rió. “Apropiado. Bueno me tengo que ir, dale saludos a tu supuesta madre”, le dijo.
El chico asintió y salió corriendo hacia desde donde había venido. “Que tenga un buen día Don Antonio, ¡nos vemos!”, dijo.
Don Antonio le dijo adiós con la mano. “Espero que no”, dijo.
Ya a medio camino del parque, Don Antonio vio a lo lejos a un hombre extremadamente obeso que le llamaba. Era Julián, un vecino del piso de al lado. Estaba en la puerta del bar “La familia”, con una copa de vino blanco en la mano.
Ver a Julián trabajando era como encontrarse una moneda por la calle, pasaba muy pocas veces y te tenías que acercar para ver si era de verdad.
Don Antonio actuó como si no le hubiese visto, pero unos pasos después, Julián le llamó.
“¡Don Antonio!”, gritaba.
Don Antonio le saludó con la mano y se acercó. “Disculpe Julián, no lograba distinguir su figura desde esa distancia”, le dijo.
Julián retiró importancia con un movimiento de su mano. “¿Por qué no se toma un blanco con nosotros? Enrique y Juan están adentro”, dijo.
Don Antonio hizo como si se lo pensase. “No gracias, tómeselo usted a mi salud, yo todavía necesito pensar diariamente”, le dijo. Después, continuó su camino.
A pocos metros del parque, Don Antonio se cruzó con una señora que llevaba un cachorro de perro de presa. El perro ladraba con la boca abierta, descontrolado.
Don Antonio se paró a unos metros de la señora. “Disculpe, ¿cómo se llama?”, la preguntó.
La señora sonrió al perro y luego le sonrió a él. “Su nombre es Pablito”, le dijo, orgullosa.
“No señora, le preguntaba por el nombre de su condición mental. ¿No ve usted los dientes de Pablito? ¿Acaso cree usted que este perro va descojonándose todo el rato?”, le dijo.
La señora le miró enfadada, y continuó caminando.
El parque estaba relativamente vacío, como era de esperar en una mañana de un día laborable.
En el centro del parque había un roble. Su tronco estaba lleno de grabados y pintadas.
Don Antonio aprovechó la ausencia de actividad y se acercó al árbol. Comenzó a acariciar su corteza, mientras miraba sus hojas.
“Las personas ya no son humanas, son sólo personas. Tú también las echas de menos, ¿verdad? Nuestra paz… y a mi querida Luisa…”, susurró.
Pasó el resto de la mañana junto a ese árbol, y a mediodía, regresó a casa.
Ya en la cocina, se encendió un cigarrillo, rompiendo sin escrúpulos la recomendación de su médico. Cogió el cenicero de metal y se sentó al lado de la ventana.
Desde esa altura podía ver la calle entera. Vio a Doña Maite, paseando de la mano con un hombre diferente al de la semana pasada. A Pedro, jugando con los otros niños del vecindario. Y a Julián, todavía en el bar, riéndose con Enrique de alguna imbecilidad.
Dio una calada y sonrió, melancólico. “Vaya panda de gilipollas”, pensó.